Mi cockring no me deja pensar

27/04/2013

Penes, vaginas y viceversa

Filed under: Femenino plural,LGBT — J-osete @ 4:10 PM
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Hay mucha gente que se pregunta a menudo si hay algo más tonto que un gay de derechas –al menos en este país donde la derecha, al contrario de lo que sucede con determinados partidos conservadores del norte de Europa, no tiene ningún complejo en legislar contra los derechos civiles de gays, lesbianas y trans a golpe de hostia consagrada-. Y así a bote pronto se me ocurre que sí, que bastante más imbécil que traicionarnos a nosotros mismos dando nuestro voto a un partido homófobo es hacerlo convirtiendo a los demás en víctimas de lo que sufrimos: la intolerancia. Nunca he entendido el machismo en los gays, ni la misandria en las lesbianas, como nunca he entendido a los negros o gitanos, homófobos o machistas. En definitiva, soy incapaz de entender que el que haya sido víctima de algún tipo de discriminación pueda responder con odio o desprecio a cualquier otra condición humana. Si algo bueno puedo sacar de la infancia y la adolescencia que me tocó vivir por ser el ‘marica del barrio’, es que aprendí el valor del respeto y la tolerancia. Únicamente se me ocurre un tipo de personas con las que hay que tener tolerancia cero: los intolerantes.

Al hilo de esta reflexión habría, desgraciadamente, tantos palos que tocar que podría escribir un libro. Hoy me gustaría tratar uno de ellos: En nuestro país ya no se pregunta a una pareja homo quién hace de hombre y quién de mujer en la relación (aunque a mí nadie me ha aclarado todavía si en una pareja hetero es la mujer la que se viste de hombre para follar o el hombre el que se viste de mujer para hacer ‘la tijera’); pero se resisten a desaparecer los prejuicios asociados los supuestos límites que han de separar lo masculino y lo femenino; censurándose la sensibilidad, el amaneramiento, el travestismo o el transexualismo como si hubiera algo intrínsecamente malo en el deseo de los demás de vivir con libertad su propia identidad cuando esta rompe dichos límites -que no olvidemos que es la misma libertad que reclamamos para nosotros en otros muchos ámbitos de nuestra vida-. Pero lo inmoral no es contravenir unas supuestas buenas maneras en el ser y el estar, sino pretender lapidar con un sentimiento de vergüenza que cada uno de nosotros expresemos lo que somos y sentimos cuando nos salimos de los renglones marcados por la mayoría ‘biempensante’.

La vergüenza es un concepto inventado por gente gris y llena de complejos. Gente que sufre la triste envidia de ver cómo otros disfrutan de su vida con una libertad que ellos no tienen. Es entonces cuando surge ese sentimiento mezquino del ser humano que nos dice que debemos avergonzarnos de vestir cierta ropa, de llevar este pelo o aquel maquillaje, de amar a otro hombre siendo hombres o a otra mujer cuando se es una de ellas, de sentirnos mujeres si nacimos con pene u hombres si lo hicimos con vagina. No somos nosotros quienes debemos avergonzarnos de vivir nuestra vida con libertad, son ellos los que tienen que sentir vergüenza por pretender cambiar a los demás cuando lo que les falta es el valor necesario para cambiarse a sí mismos.

Entendería que la Iglesia se mostrase beligerante con p.e. el transexualismo si cada vez que alguien se hiciera una vaginoplastia, su dios fulminase con un rayo cósmico a un cura. Pero lo cierto es que cuando una mujer que siente que ha nacido en el cuerpo equivocado pasa por una operación de reasignación de sexo, la única consecuencia objetiva de esto es que hay una persona feliz más en el mundo.

Tengo una amiga que lleva toda la vida luchando por conseguir eso. Tuvo que dejar su país en busca de un lugar donde vivir con la libertad que su entorno le negaba. Un sitio donde ser algo tan simple como ella misma. Un sitio donde encontrar algo tan complejo como la felicidad que todos merecemos. Hermosa, sensible, frágil y llena de amor, pelea a diario contra los prejuicios de las neuronas rapadas que no entienden el anhelo de buscar la felicidad más allá de esos límites que pretende marcarnos las sociedades intolerantes. Sus amigos, los que son ahora su familia por quererla como solo una verdadera familia sabe hacerlo, han iniciado una campaña con objeto de conseguir el dinero necesario para que el resto del mundo la vea como ella se ve desde que tiene uso de razón. Yo quiero con este artículo aportar mi granito de arena para ayudarla. Si queréis y podéis colaborar, en el siguiente número de cuenta podéis aportar los vuestros:

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